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MULTIVERSO

Por Rodolfo Martín Campero |

La tarde del lunes tres de julio de 2027, Englert Kribble, doctor en matemáticas y física del California Institute of Technology, se preparaba para iniciar su membrecía en Europa como investigador superior del CERN. Hacía años había obtenido una beca extraordinaria para investigar fenómenos de desintegración, comportamiento y transferencia de materia en este Gran Colisionador de Hadrones: la maquinaria científica más compleja construida por la humanidad.

Casi diez mil investigadores habían participado en el proyecto desde fines del siglo XX. Gracias a sucesivas colisiones de partículas, los físicos habían logrado detectar el Bosón de Higgs, aquella fluctuación elemental asociada al origen de la masa. Pero el hallazgo no resolvió el problema fundamental de la física primaria: lo volvió más inestable.

Cada vez que el bosón aparecía en los detectores, se desintegraba de inmediato en energía y partículas más pequeñas. Surgía apenas como un destello estadístico antes de desaparecer.

El colisionador —un anillo subterráneo de veintisiete kilómetros excavado bajo la frontera entre Francia, Austria y Suiza—, aceleraba protones e iones pesados a velocidades cercanas a la luz hasta forzar su impacto frontal. Bajo semejantes niveles de energía, la materia dejaba de comportarse de acuerdo con las intuiciones ordinarias.

Englert no buscaba confirmar lo sabido. Su hipótesis introducía una anomalía: sostenía que, bajo determinadas condiciones energéticas, una fracción de la materia no se transformaría dentro del sistema observable, sino que abandonaría el sistema mismo.

No sería una pérdida instrumental. Sería una fuga cósmica.

La idea había nacido años atrás, a partir de un episodio registrado en 2022. Luego de una serie de colisiones, ciertos balances de masa no coincidieron. El déficit era mínimo, casi irrelevante. La comunidad científica lo absorbió como error experimental. Englert, en cambio, lo interpretó como una señal.

Las leyes de conservación no admitían excepciones: la materia no se crea ni se destruye. Desde Lavoisier, aquel principio había permanecido intacto. Sin embargo, el faltante persistía como una deuda en el balance del universo. La hipótesis rozaba lo inadmisible.

Para Englert el suceso no rozaba esas leyes. Las partículas no desaparecían. Migraban a lo desconocido. Si una porción de masa escapaba del sistema observable, entonces el universo visible no constituía una estructura cerrada. Existía necesariamente una continuidad con otra región del espacio-tiempo. Un exterior. En el mismo u otro universo.

Años antes, al llegar a Francia, Englert había alquilado una pequeña casa en Chevry, cerca de la frontera suiza. Desde allí podía trasladarse con facilidad hasta el CERN.

Vivía con Greta —de ojos azul claro y tez rojiza— y con su hijo Julius, que entonces tenía cinco años.

La vida doméstica conservaba una apariencia normal, aunque lentamente comenzaba a desdibujarse detrás de la obsesión científica. En Chevry, los gestos cotidianos parecían pertenecer a un plano distinto de su conciencia. 

El recuerdo del experimento de 2022 regresaba una y otra vez. Englert no lo concebía como un accidente, sino como un ensayo incompleto. Si una sobrecarga energética había inducido una fuga de partículas, entonces el fenómeno podía reproducirse bajo condiciones controladas.

Su objetivo dejó de ser observar colisiones. Comenzó a pensar en diseñarlas.

Modeló configuraciones de campo magnético, calculó intensidades imposibles y proyectó escenarios donde el sistema alcanzara un umbral crítico. Allí —creía— la materia abandonaría el dominio observable. 

No iría hacia la nada. La idea misma de la nada le resultaba filosóficamente inválida. La materia sería transferida hacia otra región aún ignorada de la realidad.

Comprendía las consecuencias. Si la fuga podía inducirse, también podía amplificarse.

Un desbalance energético de gran escala podía desencadenar efectos irreversibles. Eran, en efecto, reacciones cuánticas peligrosas. Y, sin embargo, no retrocedía. La obsesión comenzó a adquirir un carácter operativo.

Sabía que el CERN jamás aprobaría semejante proyecto y las modificaciones que se precisaban. No porque fueran imposibles, sino porque eran incontrolables. La negativa institucional dejó entonces de parecerle un límite físico. Pasó a considerarla apenas una restricción administrativa.

En el crepúsculo de ciertos viernes, regresaba caminando a través de los senderos húmedos de Chevry mientras las últimas luces se extinguían sobre los Alpes.

En esos breves descansos elaboraba algoritmos y corregía modelos matemáticos. Pero incluso en casa le resultaba difícil permanecer.

Greta y Julius representaban para él algo profundamente amado y, al mismo tiempo, una interrupción. La física ocupaba ya el centro absoluto de su conciencia.

En el colisionador trabajó día y noche intentando reconstruir el evento de 2022. Sus colegas recordaban vagamente aquellas partículas faltantes. Algunos las habían llamado, con ironía, “partículas extrañas”. La explicación oficial seguía siendo la misma: un error estadístico.

Entre millones de eventos registrados, ciertas colisiones habían generado déficits imposibles de justificar. No veía allí una falla. Veía una puerta.

Comenzó a estudiar configuraciones extremas de energía basándose parcialmente en desarrollos vinculados con la “teoría de cuerdas”. Imaginaba que partículas aún más pequeñas que el Bosón de Higgs podían atravesar regiones microscópicas del espacio-tiempo y desaparecer del universo observable. La idea era desmesurada. Pero cuanto más avanzaba en sus modelos, más inevitable y agotador le parecía el intento. Había adelgazado varios kilos. Dormía poco. Las fórmulas cubrían paredes enteras de su oficina. El estrés comenzó a erosionar su vida doméstica con una lentitud casi imperceptible.

Greta observaba cómo la obsesión lo absorbía.

Englert, en cambio, ya no distinguía con claridad el límite entre investigación y destino. A veces temía que sus colegas comenzaran a considerarlo más que un físico un extremista intelectual.

O algo peor: un hombre dispuesto a violar las leyes fundamentales de la física.

Pero aquella posibilidad no lo detenía. El problema había dejado de ser científico. Se había vuelto existencial. 

La oportunidad llegó durante el verano de 2037.

El CERN atravesaba un período de actividad reducida. Muchos investigadores se encontraban fuera del complejo y varios sectores operaban apenas con personal mínimo. Englert interpretó aquella circunstancia vacacional como una ventana irrepetible.

Solicitó nuevamente autorización para ampliar la potencia del sistema mediante la incorporación de nuevos conjuntos de electroimanes. La respuesta fue inmediata. Negativa. Los directivos consideraban que los niveles energéticos propuestos excedían cualquier margen razonable de seguridad.

Englert recibió la resolución con una serenidad engañosa.

Ya había tomado una decisión.

Durante semanas comenzó a manipular registros internos, falsear órdenes de traslado y reorganizar depósitos técnicos del instituto. Decenas de dipolos y cuadripolos magnéticos almacenados como repuestos fueron incorporados clandestinamente al sistema principal.

Trabajaba solo durante las madrugadas, potencialmente catastróficas, pero la magnitud del riesgo parecía alimentar todavía más su determinación.

Imaginaba campos magnéticos capaces de inducir microagujeros negros estables durante fracciones infinitesimales de tiempo. En teoría, bastaría una mínima discontinuidad gravitacional para permitir el tránsito de partículas fuera del sistema observable.

Sabía perfectamente que podía destruirlo todo. Sin embargo, el peligro ya no lo intimidaba. La obsesión había desplazado cualquier otra prioridad.

La madrugada del ocho de agosto de 2037, a las tres en punto, decidió proceder. Eligió deliberadamente una franja de bajo consumo energético en Europa occidental. Aun así, comprendía que la demanda necesaria podía provocar apagones masivos.

Descendió solo hacia el núcleo operativo del colisionador. Vestido con el uniforme de protección radiológica, introdujo protones e iones pesados en los conductos principales y activó la secuencia de aceleración. Los campos magnéticos comenzaron a rugir bajo tierra.

Durante varios minutos las partículas giraron en sentidos opuestos dentro del anillo subterráneo hasta aproximarse a velocidades relativistas. Englert ajustó manualmente las trayectorias. Esperó. Y ejecutó la colisión. El impacto produjo un estruendo seco. La vibración atravesó la estructura completa del complejo.

Englert corrió hacia la sala de control y observó los monitores. Entonces lo vio.

Los detectores registraban una diferencia imposible entre la masa emitida y la masa resultante. Una fracción significativa había desaparecido. No transformada. Desaparecida.

Englert permaneció inmóvil varios segundos frente a las pantallas. La euforia lo recorrió con violencia. Había ocurrido. La fuga era real.

Mientras tanto, enormes apagones comenzaron a extenderse entre Francia, Suiza y Austria. Las redes energéticas colapsaban bajo la feroz demanda del colisionador.

Pero Englert apenas prestó atención. Tomó instrumental de análisis y recorrió los túneles buscando el punto exacto de la transferencia. Los indicadores no mostraban contaminación radiactiva.

Todo parecía absurdamente normal. Hasta que encontró el punto negro. Era casi invisible. Una mínima perforación apareció en la estructura metálica del acelerador.

Englert trasladó un microscopio crioelectrónico de alta resolución y aumentó progresivamente la escala de observación del punto. Entonces distinguió algo semejante a una micronebulosa girando alrededor del centro oscuro. El fenómeno recordaba, de manera perturbadora, las simulaciones astronómicas del horizonte de sucesos de un agujero negro.

Sintió miedo. Un miedo físico. Pero no retrocedió. Continuó aproximando el instrumental.

La fuerza gravitacional comenzó a intensificarse. Primero afectó pequeños objetos sueltos. Luego su propio cuerpo.

Englert intentó afirmarse. Fue inútil. La aceleración se volvió irrefrenable. Lo absorbía. Todo comenzó a girar. Las paredes, las luces, el túnel entero parecían deformarse alrededor de un eje invisible.

Sintió que su cuerpo se descomponía en una corriente de partículas sin perder completamente la conciencia. El tiempo dejó de comportarse de manera reconocible. Percibió luces, estructuras gaseosas, regiones enteras del cosmos desplegándose en una continuidad imposible. Y, entre aquella expansión desmesurada, alcanzó a ver fugazmente a Greta y a Julius. No sabía si eran recuerdos. O algo más.

Luego todo se volvió indistinto. La conciencia comenzó a diluirse dentro de una extensión sin referencias. Englert comprendió entonces que probablemente estaba muriendo. Y aceptó la idea con serenidad.

Hasta que algo lo expulsó. Un sacudimiento brutal. Una caída. Oscuridad.

Cuando abrió los ojos estaba nuevamente en el colisionador. Yacía sobre el suelo metálico del exterior del túnel. Su traje permanecía intacto. Aturdido, observó el dosímetro de radiación. No registraba anomalías.

Tomó aire lentamente y miró su reloj.

Marcaba: ocho de agosto de 2037, tres horas, veinte minutos, dieciséis segundos. El viaje completo había durado apenas dos segundos. Desorientado, comenzó a caminar por los corredores del complejo. Entonces escuchó una voz:

— ¡Julius! ¿Qué haces ahí? ¡Sal inmediatamente de esa zona!

Englert se volvió.

Un joven científico corría hacia él.

—No me llamo Julius —respondió—. Soy el doctor Englert Kribble.

El muchacho se detuvo abruptamente.

—Soy Michael Matheus, doctor en física —dijo con cautela—. Y usted es Julius Kribble. Trabajamos juntos desde hace años. Englert sintió un vacío inmediato.

—Eso es imposible.

Michael lo observó con desconcierto.

—Está alterado. Debe salir de aquí.

Le quitó el viejo dosímetro y lo examinó.

— ¿Qué clase de aparato es este?

Lo miró nuevamente.

—Estos modelos dejaron de usarse hace décadas.

Englert no respondió.

Una sospecha comenzaba a abrirse lentamente en su mente.

Algo había ocurrido con el tiempo.

Michael condujo a Englert hacia el área médica del instituto.

Mientras avanzaban por los pasillos, Kribble observaba detalles que no reconocía: paneles translúcidos, superficies inteligentes, sistemas de seguridad que no existían dos segundos antes.

La sensación era insoportable. Todo le resultaba familiar y ajeno al mismo tiempo. Un médico los recibió en silencio y realizó un examen completo.

—No hay rastros de contaminación —dijo finalmente.

Michael permanecía inquieto.

—Doctor, él asegura llamarse Englert Kribble.

El médico levantó la vista.

El nombre produjo una breve alteración en la sala.

— ¿Englert Kribble? —repitió—. ¿El físico desaparecido durante el incidente de 2037?

Michael asintió lentamente.

—Dice ser él.

Durante algunos segundos nadie habló.

El silencio parecía expandirse con una densidad anormal. Michael observó nuevamente a Englert.

—Existe una persona aquí con ese mismo rostro —dijo al fin—. Trabaja en mi laboratorio.

No era simplemente parecido. Era exacto.

Englert sintió un estremecimiento.

— ¿Quién es la persona?

—Julius Kribble.

La respuesta cayó sobre él como una deformación del espacio. Julius era el nombre de su hijo.

Minutos después, Julius ingresó en la sala. Los dos hombres quedaron inmóviles. El parecido era absoluto. No parecían padre e hijo. Parecían dos versiones de una misma conciencia separadas por el tiempo.

Julius fue el primero en hablar.

— ¿Quién es usted?

Englert intentó responder, pero las palabras tardaron en llegar.

Observaba en el rostro del joven una versión desplazada de sí mismo: los mismos rasgos, la misma tensión en la mirada, incluso la misma manera de contener el cuerpo.

Michael rompió el silencio.

—Dice ser Englert Kribble.

Julius palideció.

El nombre permaneció suspendido en el aire.

—Eso es imposible —murmuró.

Englert sintió entonces algo más poderoso que el desconcierto. Reconocimiento.

Comprendió, antes de cualquier explicación racional, que aquel hombre era su hijo. Su hijo envejecido. Habían transcurrido treinta años. Para él, apenas dos segundos.

Julius comenzó a temblar.

—Mi padre desapareció en 2037—dijo lentamente—. Durante el accidente del colisionador.

Englert lo observó sin apartar la vista.

—Julius…

El joven retrocedió un paso.

—Mi madre siempre creyó que seguías vivo. ¡Eres mi padre!

La frase quebró algo dentro de Englert. Había imaginado regresar inmediatamente a casa. Y lo hacía muchos años después. Greta había envejecido esperando. Julius había crecido sin él.

Ahora comprendía la magnitud real de la pérdida. 

Y el tiempo —esa estructura que durante décadas había tratado de formalizar matemáticamente— acababa de convertirse en una herida concreta.

Salieron del instituto poco antes del amanecer.

El trayecto hacia Chevry transcurrió casi en silencio.

Englert observaba el paisaje desde la ventanilla intentando reconocer fragmentos del mundo que había dejado atrás. Algunas rutas seguían iguales. Otras parecían irreales. El cielo comenzaba a aclararse cuando llegaron a la casa.

La vivienda permanecía allí.

El mismo jardín. Las mismas plantas. Las mismas líneas. Como si la arquitectura hubiese resistido intacta el desplazamiento de las décadas.

Julius abrió la puerta lentamente.

—Mamá duerme todavía.

Englert ingresó. El aire interior tenía un olor reconocible. Madera. Libros. El leve perfume de Greta. Sintió que la realidad entera vacilaba alrededor de esa persistencia mínima. Recorrió los ambientes con una mezcla de extrañeza y dolor.

Algunos objetos habían cambiado de lugar. Otros seguían exactamente donde los recordaba.

El tiempo había pasado. Y al mismo tiempo no.

—Descansa un poco —dijo Julius—. Mañana hablaremos.

Englert asintió, pero dormir resultó imposible.

Permaneció largo rato sentado en la oscuridad intentando comprender qué clase de fenómeno había atravesado.

No se trataba simplemente de un viaje temporal.

Había ocurrido algo más profundo.

Una discontinuidad.

Como si el universo hubiese dejado de obedecer la continuidad ordinaria de la causalidad. La secuencia del tiempo.

Despertaron tarde. Englert descendió lentamente hacia la cocina. Julius ya lo esperaba. Conversaron durante un par de horas. El joven le contó lo ocurrido después de la desaparición.

La evacuación parcial de la región, la conmoción internacional, las investigaciones, el descrédito, la hostilidad de muchos vecinos.

Greta nunca aceptó la versión oficial. Durante décadas sostuvo una idea considerada delirante: que el colisionador había absorbido a Englert, su esposo.

—Conservó todos tus escritos —dijo Julius—. Tus modelos, los algoritmos, incluso los cálculos incompletos del experimento.

Englert levantó la vista.

— ¿Los conservó?

—Todo.

Aquellos documentos podían contener información decisiva. Especialmente sobre el retorno. Porque esa era ahora la verdadera incógnita. No la fuga, el regreso.

Poco después escuchó pasos. Greta apareció en el umbral de la cocina. Se detuvo abruptamente.

Durante algunos segundos ninguno de los dos pudo moverse.

El rostro de ella conservaba los rasgos que Englert recordaba, aunque atravesados por el tiempo. Había envejecido, pero seguía siendo Greta. La mujer llevó lentamente una mano hacia la boca.

—Englert…

Él se puso de pie.

Greta avanzó entonces hacia él y lo abrazó con desesperación.

—Sabía que volverías —susurró—. Siempre lo supe.

Englert cerró los ojos.

Sintió en aquel instante que toda la arquitectura matemática de su vida quedaba reducida a algo infinitamente más complicado: el peso irreductible de una ausencia.

Greta lloraba.

—Nadie me creyó. Todos pensaban que habías muerto… o que habías huido.

Englert la sostuvo en silencio. No tenía una explicación suficiente, ni siquiera para sí mismo. Solo sabía una cosa. Había regresado.

Los días siguientes adquirieron una cualidad extraña. Englert caminaba por la casa como quien recorre simultáneamente un recuerdo y un territorio desconocido. A veces permanecía largos minutos observando objetos insignificantes: una lámpara, un marco, una taza olvidada sobre una mesa. La persistencia de esas formas le resultaba más perturbadora que el propio viaje.

El universo había continuado. La materia había seguido organizándose en su ausencia. Y, sin embargo, una parte de su vida parecía haber permanecido suspendida exactamente donde la había dejado.

Greta lo observaba con una mezcla de amor y desconcierto.

Para ella, Englert conservaba el mismo rostro del día de la desaparición. No había envejecido.

Aquello producía una fractura emocional difícil de soportar.

A veces lo miraba en silencio, como si intentara reconciliar dos tiempos incompatibles.

En el CERN, entretanto, la noticia comenzaba a expandirse. Las primeras filtraciones llegaron a la prensa científica y luego a los medios internacionales. El caso dividió rápidamente a la comunidad académica. Algunos investigadores consideraban que Englert representaba la primera evidencia empírica de una discontinuidad extrema del espacio-tiempo.

Otros sostenían que se trataba de una impostura cuidadosamente elaborada. La mayoría, sencillamente, no sabía qué pensar.

El directorio del CERN convocó una reunión extraordinaria. Englert aceptó asistir.

Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar preguntas para las que ni siquiera poseía respuestas.

La mañana de la conferencia, el instituto estaba rodeado por periodistas, estudiantes y curiosos. La tensión era visible. Guardias de seguridad intentaban contener a la multitud mientras cámaras y drones registraban cada movimiento.

Julius acompañó a su padre hasta el salón principal.

Al ingresar, Englert percibió inmediatamente el clima del recinto. No era admiración. Era incertidumbre.

El director realizó una breve presentación formal y luego le cedió la palabra. Kribble avanzó lentamente hacia el atril. Durante algunos segundos permaneció en silencio. Sabía que cualquier exceso verbal podía degradar la experiencia hasta convertirla en espectáculo.

Debía hablar con precisión, como un físico, no como un profeta.

—No puedo explicar completamente lo sucedido —dijo finalmente—. Ni siquiera estoy seguro de comprenderlo, pero lo intentaré. El murmullo del auditorio cesó.

Englert describió entonces el experimento, las modificaciones energéticas y el comportamiento anómalo registrado durante la colisión. Expuso únicamente aquello que consideraba verificable. Evitaría las extrapolaciones ni hablaría de dimensiones místicas. Ni de milagros, mucho menos de revelaciones. Solo hablaría de física.

Relató el fenómeno gravitacional, la pérdida de referencia temporal y la percepción de continuidad consciente durante la dispersión de su cuerpo.

En ese punto varios investigadores comenzaron a tomar notas frenéticamente.

Otros lo observaban con abierto escepticismo.

—No afirmo haber comprendido el mecanismo —continuó—. Solo afirmo que el fenómeno ocurrió.

Uno de los físicos presentes interrumpió:

—Si el proceso no es reproducible, no pertenece todavía al dominio experimental de la física.

Englert asintió:

—Estoy de acuerdo.

La respuesta produjo un breve desconcierto.

No discutía, no intentaba imponerse. Simplemente describía un hecho para el cual aún no existía lenguaje suficiente. La conferencia se prolongó durante horas.

Las preguntas comenzaron a adquirir un tono cada vez más agresivo. Algunos insinuaban fraude. Otros sugerían trastornos neurológicos inducidos por radiación. Incluso hubo quienes plantearon la posibilidad de una manipulación política. Englert soportó el interrogatorio con una serenidad apenas sostenida.

En el fondo comprendía algo esencial: ninguna explicación lograría restablecer completamente la continuidad lógica del fenómeno. Su propia existencia se había convertido en una anomalía.

Cuando finalmente abandonaron el instituto, el asedio mediático resultó todavía peor.

Micrófonos. Luces. Preguntas superpuestas. Hipótesis delirantes.

Julius y Michael lograron abrirle paso entre la multitud hasta el automóvil.

Solo recuperaron cierta calma al llegar nuevamente a Chevry.

Esa noche, mientras el resto dormía, Englert subió solo al altillo. Greta había conservado allí todos sus papeles. Cajas enteras, cuadernos, modelos matemáticos, versiones incompletas del software y algoritmos utilizados en 2037.

Englert comenzó a revisar lentamente aquellos documentos amarillentos. La sensación era perturbadora. Leía pensamientos escritos por una versión de sí mismo que aún ignoraba el futuro.

Algunas fórmulas estaban equivocadas. Otras resultaban extraordinariamente precisas.

Pero entre todas ellas comenzó a detectar algo más importante. Un patrón. Una secuencia incompleta relacionada con el retorno. Entonces comprendió.

La verdadera hazaña no había sido atravesar el umbral. Había sido regresar. Y nadie sabía todavía cómo había ocurrido.

Durante las semanas siguientes, Englert y Julius trabajaron juntos casi sin descanso. Padre e hijo examinaban ecuaciones durante jornadas enteras. A veces discutían. Otras permanecían horas completas en silencio. 

Julius veía en Englert simultáneamente a un padre recuperado y a una versión desplazada de sí mismo.

Englert, por su parte, observaba en Julius la vida completa que le había sido arrebatada.

Los años perdidos adquirían entonces una materialidad insoportable. Greta comprendía ese vínculo silencioso mejor que ninguno.

Los observaba trabajar desde cierta distancia, como si temiera interrumpir una reconciliación que pertenecía a otra dimensión del tiempo.

Poco a poco comenzó a surgir una hipótesis más precisa.

El algoritmo utilizado durante el experimento original había generado accidentalmente una simetría gravitacional transitoria.

No solo había permitido la salida y el freno del tiempo. Había creado también una estructura matemática de retorno. Pero la secuencia aritmética estaba incompleta, faltaban segmentos críticos. Variables enteras permanecían indeterminadas.

Aun así, Englert comenzó a obsesionarse nuevamente. Si lograban estabilizar el modelo, el fenómeno podría reproducirse. Y entonces la humanidad dispondría, por primera vez, de un acceso controlado a regiones exteriores del espacio-tiempo observable. La idea transformó otra vez su conciencia.

Greta lo percibió de inmediato.

El mismo brillo peligroso regresó a sus ojos. 

Con el paso de los días, Englert logró reducir la tensión exterior a una presencia de fondo, persistente pero soportable, semejante a un ruido cósmico imposible de eliminar del todo. Continuó trabajando en el CERN con una disciplina absorbente. Dormía allí con frecuencia, aislado entre monitores, ecuaciones, dipolos magnéticos enormes y simulaciones. Las nuevas tecnologías desarrolladas durante las décadas transcurridas permitían cálculos infinitamente más precisos que los de su tiempo, pero el problema central permanecía intacto: podían modelar la partida, seguramente. El retorno, en cambio, continuaba siendo una grieta matemática.

Greta padecía con mayor crudeza el rechazo del entorno. Sobrenadaba un temor. Los vecinos evitaban cruzarse con ella; algunas conversaciones se interrumpían cuando aparecía. La hostilidad no siempre era explícita: a veces bastaba una mirada demasiado larga o un silencio cargado de sospecha. 

Englert observaba ese desgaste con culpa creciente. Comenzó a sentir que el mundo cotidiano ya no les pertenecía, como si entre ellos y los demás mediara un desfase temporal imposible de corregir.

En la intimidad, sin embargo, el tiempo parecía adquirir otra densidad. Por las noches permanecía junto a Greta en silencio, comprendiendo que el amor no residía únicamente en la memoria compartida, sino en algo más profundo: una continuidad interior que ni siquiera el tiempo había conseguido erosionar.

Con Julius trabajaban durante jornadas completas. Padre e hijo revisaban manuscritos, algoritmos, errores de secuencia y proyecciones de campo magnético. Había momentos en que las ecuaciones parecían aproximarse a una solución estable; otros, en cambio, devolvían apenas el vacío de un cálculo imposible.

Fue entonces cuando Englert formuló la idea a Greta.

No la expresó como una hipótesis, sino como una consecuencia inevitable.

—Debemos repetir la experiencia —dijo. –Juntos.

La frase quedó suspendida en el aire.

Explicó el proyecto con una serenidad que resultaba inquietante: que él y Greta atravesaran nuevamente el umbral generado por el colisionador. Julius permanecería en la Tierra perfeccionando el algoritmo de retorno. Cuando lograra estabilizarlo, los traería de regreso.

Greta sintió el peso físico de aquellas palabras. Imaginó la posibilidad de quedar disuelta en el vacío, consciente, dispersa para siempre en una región desconocida del universo.

— ¿Y si no regresamos? —preguntó.

Englert la observó con calma.

—Regresaremos.

Julius permaneció en silencio. Admiraba a su padre, pero comprendía la magnitud terrible de lo que proponía. El problema ya no pertenecía únicamente a la física: comenzaba a involucrar el sentido mismo de la existencia. Algo ontológico.

Desde entonces, el trabajo adquirió una intensidad extrema. Englert volvió a instalarse en el instituto. Dormía apenas unas horas. Julius lo asistía noche y día. Afuera, el fenómeno había desatado una ola de controversias: programas televisivos, artículos, discusiones políticas, denuncias éticas y advertencias apocalípticas.

Algunos sostenían que Englert había abierto una frontera decisiva para la humanidad. Otros lo consideraban un fanático dispuesto a destruir el mundo.

Seis meses después del retorno de Englert, una madrugada fría, el científico despertó sobresaltado en la habitación que el CERN le había asignado. Se vistió rápidamente y caminó hasta su oficina.

Al entrar, se detuvo.

Las paredes, las pizarras y hasta el suelo estaban cubiertos de ecuaciones. No eran fórmulas caóticas: existía en ellas una coherencia profunda, una estructura oculta que atravesaba todas las secuencias. En un sillón cercano, Julius dormía agotado, todavía con restos de tiza entre los dedos. Englert recorrió las fórmulas con la mirada.

De pronto comprendió.

Un grito desgarró el silencio:

— ¡Eureka!

Julius despertó sobresaltado.

Su padre lo abrazó con desesperación.

— ¡Lo encontraste!

El joven explicó que había trabajado durante días enteros sin dormir, articulando fragmentos dispersos hasta descubrir el segmento ausente del software. El algoritmo de retorno estaba resuelto.

Convocaron inmediatamente a Michael Matheus, quien verificó una por una las ecuaciones. Horas más tarde, tras nuevas simulaciones, la conclusión fue inequívoca. El sistema funcionaba.

Englert permaneció largo rato en silencio. Finalmente dijo:

—Debemos convocar al directorio del CERN.

La reunión extraordinaria se realizó aquella misma semana.

Esta vez, el clima fue distinto.

Ya no predominaba el escepticismo inicial. Las ecuaciones resistían todas las pruebas. Los modelos matemáticos conservaban estabilidad incluso bajo condiciones extremas. Los especialistas discutieron durante horas.

Finalmente, el proyecto fue aprobado.

Sin embargo, persistía un problema gigantesco: la energía necesaria. Las demandas superaban cualquier capacidad convencional.

Después de largas deliberaciones apareció una solución improbable: reactivar la antigua central nuclear de Zwentendorf, cerca de Viena, clausurada décadas atrás pero todavía intacta.

Contra toda expectativa, lucharon y lo consiguieron.

La noticia provocó protestas inmediatas. Manifestaciones, amenazas, campañas políticas y denuncias internacionales comenzaron a multiplicarse alrededor del CERN. Para millones de personas el experimento ya no representaba un avance científico, sino la posibilidad concreta de un desastre planetario.

La presión sobre la familia Kribble se volvió insoportable. Greta llegó a pensar varias veces en abandonar todo. Pero Englert parecía haber cruzado un límite interior irreversible. Una noche le propuso partir juntos. No habló de huida. Habló de tránsito.

Le dijo que el universo quizá escondiera regiones donde el miedo humano no existiera, lugares donde la conciencia pudiera reconciliarse con el infinito.

Greta lo escuchó en silencio. Luego lo abrazó. Y aceptó.

El día elegido fue un domingo lluvioso.

Ingresaron al CERN antes del amanecer.

Los preparativos se realizaron bajo estrictas medidas de seguridad. Decenas de científicos revisaban los sistemas de aceleración, los superimanes y las secuencias de retorno.

Dos investigadores jóvenes se ofrecieron para acompañarlos. El sistema no admitía más carga.

Englert y Greta vistieron los trajes de protección.

Los aceleradores comenzaron a funcionar.

Los inmensos campos magnéticos despertaron con un zumbido grave que parecía surgir desde las entrañas mismas de la Tierra. Las partículas testigo alcanzaron velocidades cercanas a la luz. La colisión se produjo. Los detectores registraron inmediatamente la pérdida de masa esperada. Parte de la materia había desaparecido.

El horizonte comenzó a formarse en el ultramicroscopio.

Englert tomó la mano de Greta.

La condujo lentamente hacia el punto exacto.

Durante un instante ambos permanecieron inmóviles frente al abismo. Luego el horizonte de eventos se abrió.

Todo ocurrió en menos de un segundo.

— ¡Julius, te quiero! —fue lo último que se escuchó.

Después, nada.

El laboratorio quedó sumido en un silencio absoluto.

Julius revisó una y otra vez los sistemas de retorno, incapaz de aceptar el vacío que acababa de producirse.

No había errores.

Las secuencias habían funcionado exactamente como estaba previsto.

Julius salió finalmente del edificio bajo la lluvia. 

Tenía los ojos húmedos. Y, sin embargo, junto al dolor percibía otra sensación.

No era alivio.

No era tristeza.

Era algo más extraño.

Una forma serena y luminosa de felicidad.

3 respuestas a “MULTIVERSO”

  1. Liliana Inés dice:

    Maravilloso e increíble. Me produce una serie de dudas y de aceptación de un más allá. Invisible , cósmico. No lo sé. Pero esa partida juntos, es algo increíble y que va más allá del amor que conocemos en vida. Gracias Camperito. Abrazo grande. Liliana

  2. Candelaria dice:

    Un cuento hermoso y cautivador,capaz de mostrar en simple palabras la complejidad de los sentimientos,no pude dejar de leerlo hasta el final.

  3. ENRIQUE dice:

    CON UN VOCABULARIO FANTÁSTICO, EL AUTOR SE PARA EN 2037 Y LOGRA UNIR EL ORIGEN Y EL FINAL HUMANO, ¡ME GUSTO! REFLEJA TAMBIEN EL DESVIVIRSE COMO ILUSION!

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LOS 80 MISÁNTROPOS

Por Rodolfo Martín Campero |

Vivo solo, acompañado breves horas por una empleada malhumorada, seca, incómoda, muda, que se encarga con mala gana de la higiene de la casa y la comida hasta desaparecer a los postres por arte de magia. Todos los días son una reiteración del anterior.

Hace tres días cumplí ochenta años. Es de noche y estoy en mi habitación mohosa que da a la calle. Su puerta y su única ventana cerrada parecían muertas. Son las cuatro de la mañana, observo ensimismado el negro pavimento. Por el postigo torcido filtra un frío y duro viento que me hiela los pies. Estoy sin sueño, alerta. Todas las malditas noches cargo esas molestias que machacan en la gran edad.

Horas antes, en el crepúsculo, cuando el sol se perfilaba en decaída, en soledad, triste, una especie de depresión tediosa e indistinguible echó abajo todos los posibles sabores de la vida.

Esas madrugadas ociosas me obligan a un insomnio cotidiano, a la misma hora. Me enfurezco; fuese por la oscuridad, el frío, el estruendo callejero de bandadas de jóvenes motociclistas excitados con instinto suicida, o la barahúnda de automovilistas que lidian con idénticos riesgos más la destrucción del patrimonio de sus padres.

Agriado, me siento citado a deslizarme en otro día al que no estoy invitado. No acepto resignarme, estoy desganado y con una sensación indagatoria de matices amenazantes que insisten en que conviva con otro día que no me pertenece. Entre la soledad, el frío y el escándalo callejero, hasta los largos latidos propios los percibos obscenos, como quien descubre el ritmo o la respiración de terceros que no están ni me interesa que estén. Sé de antemano que esa jornada no tendrá vínculo alguno con aquellas del poderoso esplendor juvenil, y me sacudirá con que los ancianos no somos un espejo de la vulnerabilidad de los niños. ¡Vaya novedad! Por supuesto que infancia y vejez no se leen juntas; la del niño es evolutiva, la del viejo involutiva. Un viejo puede enseñar a caminar a un niño, nunca al revés.

Me eclipsan las expectativas de que voy a durar poco; pero lo que más me incomoda es que no me resta espacio, lo que no es de por sí bueno ni malo, salvo para esperar el final que me enfrenta, entonces largo un gruñido.

Algunos imbéciles creen que lo que siento es una percepción común de los humanos durante toda la vida; no es así; antes, de joven, me sentía eterno, ágil, pintón y hábil. Ahora curso un insubstancial vacío, introvertido, hosco, anclado a una declinación biológica que conlleva una misantropía sustentada en desgracias acumuladas durante años. A veces es un imaginario de representaciones del pasado que tratan de hacerme creer que los recuerdos superan en veracidad y gusto a los acontecimientos reales.

Tal vez, hoy la mayor épica que puedo comentar del rutinario día es que orino de sentado. De otra manera, mojo los pantalones, me ensucio, me enojo conmigo mismo, me avergüenzo, me odio. O lidio con mis articulaciones, obsesionadas en impedir a puro dolor y dificultad que me los ponga de nuevo. Ya no me late la mirada curiosa, la pasión por comprender el comportamiento humano ni el ansia de conocerme mejor.

Curiosamente, casi todos los escritos que leo tocan el naufragio de la vejez y sus complejidades; son puras demostraciones del penoso papel de la decrepitud.

Hay quienes recitan que con el correr de los días, por ejemplo, se agudiza la astucia; descreo de esos falsos consuelos llenos de lugares comunes. O sostienen que mantener una actividad, un hobby o leer retarda la pérdida de percepción y la empatía.

Moliere, seguramente enojado, decía que los primeros síntomas de la claudicación estimulan a algunos imbéciles cuasi desconocidos a agasajarte, obsequiarte afección, a falsear un acompañamiento con ilusorios abrazos. Nada odio tanto como a esas gentes que se contorsionan con artificios de adulación y quiméricas amabilidades; o a los médicos que, en la consulta, traicionando desesperanzas, repiten que “su dolor es benigno”. ¡Qué saben ellos de dolor!

Y no lo digo de mala gana, como si tratara de imponer una moral irónica o una pretensión caprichosa propia de la vejez. Además, aborrezco discutir sobre el tema, porque empiezo a gritar, impugno y me cuesta refrenarme.

Para colmo, la vejez encarna a veces el torcido proceder de creerse todavía joven a pesar de la condición abyecta del cuerpo, a pesar de que a veces sin, a veces con, una sensación amarga se adueña de una ajenidad sobre el presente. Ahí la generosidad de los corazones hipócritas se aprovecha para burlarse, por más méritos que tengan las personas vapuleadas.

Reconozco esa depreciación, que otros más nóveles manifiestan con una afable complacencia juvenil con la pretensión de henchir por instantes el orgullo de hacer creer que sus sueños se han realizado. Por lo contrario, es la vejez descolorida la que va creciendo con una disciplina implacable.

Digámonos la verdad. Cuando esa disminución domina el cuerpo, apenas queda lugar en la mente para una subjetiva supervivencia. No admito que exista alma alguna en la mayoría de edad que esté dispuesta a permitir estimaciones burdas de terceros, indignas, prostituidas; de trato insolente, irreverente, tanto si fuésemos personas serias o tontas. De ninguna manera. Sería como admitir que los ciegos opinen sobre los colores o, como decía Voltaire, que los sordos fuesen las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

Por otra parte hay múltiples disparates escritos en textos antiguos, relatados en enclaves geográficos imprecisos, donde se compara nuestras vivencias mayores con otras de viejos de otras latitudes supuestamente felices, privilegiadas en su mayoría de edad. Me produce repulsión relacionarme con esas culturas seniles, cuando no imaginarias contrapuestas a las nuestras. Como la de los indios de la Amazonía, que abusan del mismo y acomodaticio vocablo para decir joven y bello que viejo y feo, y falsamente reservan a los mayores la última acepción de un inexistente e inmenso y digno derecho de ser los únicos confidentes cercanos a Dios. ¡Vaya manera de deshacerse de ellos! Los dioses olímpicos, más prácticos, no amaban a los viejos; los abandonaban a un rencoroso diálogo en soledad, a un monólogo soso sobre los espacios familiares y a padecer el colapso del sexo. O a que observen abatidos que apenas quedan migajas de una libido sin amor y con miedo; con muchísimo miedo.

El deterioro físico, los achaques, las enfermedades y los conflictos, conllevan a la disminución del prestigio y al mecánico ritual del ostracismo.

Ojala supiéramos hacer fecundos los días de la declinación, pero no es así, salvo excepciones. La rigidez arcaica sostiene una personalidad compleja y retorcida, que se ambienta en soledad y alimenta una bronca rabiosa. ¡Qué decir de la hora del atardecer!, la del crepúsculo, cuando amaina la luz y de su opacidad brota tristeza y desprecio: la falta de empatía torna el alma en  carne viva.

Sumergidos en esa desolación, que aviene con las líneas de la etapa final, ya no queda nada para lisonjear, para ser íntimamente libre o socialmente útil. Ha desaparecido el proyecto de vida. Quedan saldos de recuerdos y algún intento de revisión de lo que lo que para el joven son ganas y para el viejo necesidades. En ese vaivén de mínimos entusiasmos y grandes decaimientos, en las tardías horas grises siento vergüenza, culpa y reservas. Ya se ha perdido no sólo lo propio, lo que ya no existe o no acompaña, salvo el cercano y desconocido vacío. El ambiente, la sociedad, lo físico y lo mental se manifiestan dolorosos, agresivos y significativos, reemplazados por la travesía de una existencia meramente contemplativa, inapelable, que insinúa el inminente naufragio.

La vejez no es una imbécil visión literaria; al contrario, es un sustantivo que da inicio a al conocimiento de la metafísica habitual, si es que esta existe. O a aferrarse a la esperanza de un canje por otra metafísica poco similar, inventada, estéril, necesitada de un premio celestial, posterior, eterno, supuestamente feliz, comunitario y malcriado.

Somos conscientes de que parte de la vida que va sucumbiendo junto al pasado, canjeada obligatoriamente por una vejez maldita y patética, contradictoria y ambigua, impone en una fugacidad que la incapacidad y la muerte pasan en un tris a ocupar los lugares más destacados del final de cada uno.

Las ansias crecen y las ilusiones menguan, alumbrando de a poco desde los ochenta años (es una referencia, nada más) de una misantropía infinita e incomprensible, nutrida por la dependencia, la soledad, el rechazo o el abandono. Esa instancia subjetiva indica que ha llegado la hora de renunciar, de resignarse a la hora estéril, a la hora del veredicto, a la hora de la muerte.


Imagen de portada: Juan H, en invierno


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Peter, mi perro, murió hace pocos días.
Con cariño y dolor, lo despido con un cuento ficcional que comparto con ustedes, mis amigos, y quienes deseen leerlo:
Mi perro Peter
Las noches serenas con luna en los campos de Anta, allá lejos, en la montaña, son tristes y frías; frías, silenciosas y solitarias. Los años y una vaga ceguera me vedaron para siempre distinguir con claridad el azul mañanero de la sierra. Ahora, sin colores ni escolta, los monólogos son conmigo mismo: un hombre en pena, que habla solo y se acompaña con el atronador silencio campesino.
Peter, mi perro, anoche agonizaba su vejez en el rancho. Murió a la madrugada. Sacando fuerzas de donde no las tenía, lo abrazaba con los ojos llorosos, buscando los suyos. Hasta minutos antes se extraviaban suplicantes. Entre la sensación de ausencia y soledad, de a poco me detenía para enjugarme las lágrimas y rastrear un insostenible sosiego para mi alma exhausta.
El ermitaño cortejo de la mañana siguiente consistió en un mínimo ritual, en lo profundo de una tumba cubierta de geranios y diminutas margaritas blancas. Era el mismo lugar donde mudaron en tierra partes de mi vida: los recuerdos localizables de los demás compañeros perrunos, y ahora Peter.
Sin embargo, una mezquindad metafísica no supo ni quiso encargarse de enterrar con él mi dolor y angustia.
No sé cuándo nací ni cuantos años tengo.
No es que haya olvidado mi edad, pero calcule usted, tuve seis perros.
He vivido lo que ellos. Como compañeros que se alivian uno al otro no tuvimos divergencias; compartíamos nuestras claras alegrías, los días, las noches y hasta las horas de comer; total, siempre eran tiempos de penurias y la carne era un bien escaso; hasta los huesos eran escasos. Coincidíamos en cuestiones etéreas y en las gracias que nos regalábamos. Es cierto que no hay palabras que expliquen el decurso de una pulcra y única amistad; al menos yo lo entiendo así. Pero sé que con cada una de ellos había conformado eslabones de un séquito amigo que fue calando, en cada caso, muy hondo en mi corazón.
La ausencia de Peter desató un proceso devastador. La desgracia despojó a este intrascendente personaje de los paseos por los montes y las cañadas para detenernos, de pronto y sin razón, en momentos de tranquila introspección, para distinguir la bella devolución de voces, trinos y cantos de los ecos vallistos.
La singularidad de mi conciencia, abierta a compartir el mundo universal, no se encuentra confinada a la unidad limitadísima de solo un individuo biológico. Creo que todos somos variantes de un orden que corre el telón de la bella y compleja naturaleza, que nos permite disfrutar felices los innumerables géneros vivos que pueblan nuestro pequeñísimo astro.
Pertenezco por naturaleza y convicción a esa comunidad y, por suerte, entiendo, vivo, gozo y sufro con estos signos usuales de la condición humana hacia los demás seres vivientes. Tal vez ello explique el porqué esta criatura moribunda, que me dispensaba esas últimas miradas profundas, afectaron tanto mi alcance descriptivo, tanto como para que no pudiera contener el llanto de un auténtico afecto fraterno.
Todo muere… pero aceptar la muerte y aprender a sobrevivir después es un difícil desafío. Para peor, en tantos tiempos irreparables de terremotos inmóviles, oscuridades y soledades, en un momento trágico, hace muchos años, falleció mi esposa. Nos antecedió a todos en su partida al arcoíris.
Ella me fue asignada una vez y para siempre por la flecha de Cupido, y la amé cuánto y tanto pude, mucho más allá de lo humano.
Los hijos, mis amados hijos, uno a uno, grandes ya, fueron dispersándose por sus propios y distintos caminos.
En tanto, la compañía de Peter era bien dispuesta, nada insignificante, compensadora. Mutuamente subordinados, compartimos muchos años afables, divertidos, de febril entusiasmo y gozoso desasosiego.
En cambio, cuando se aproximaron aquellas noches finales, añares después de su cachorra llegada, las profundidades de su lealtad se escurrieron entre las manos de una tranquila y triste aura que lo llevó a un cielo desconocido. Yo venía presintiendo que el final de su prolongado calvario se hacía realidad. Hacía varios meses que no me regalaba la suavidad de su pelambre delicada, coqueta, sedosa y larga; y a poco que se le iba apagando la mirada llorosa, sus ojos demandaban un inminente socorro de imposible cumplimiento. Día tras día, el avance de ese naufragio senil se volvía inexorable; otra piel, rugosa y seca, casi sin pelo, y una cadera trunca, sumaban mayor agonía.
La vida es cruel, difícil, breve y frágil; no lo es menos conseguir el coraje que permite sobrellevar tantos escollos.
Con Peter murió la posibilidad de los largos y laberínticos soliloquios. Movido por una variedad de fe en la especie canina, complaciente y generosa, nos consagramos a un ruidoso silencio. Se interrumpió cuando nuestros lazos experimentaron el inexorable impacto del corte, el vacío y la mudez del dolor final. Peter, el depositario silente de confidencias y camaraderías, se retiró a los aires superiores. Quedé entonces, de rodillas, despojado de mis despachos verbales, reconociendo cuán profunda amistad existe entre un hombre y un perro. ¡Cuánta razón le asistía a Anatole France cuando decía!: “Hasta que no hayas amado a un animal, parte de tu alma permanecerá dormida”.
No hay episodios más tristes, normalmente, que los que conciernen a la muerte; y, pobre de mí, nunca he sido capaz de concebir totalmente una respuesta que diera explicación a tal sentencia.
Por las particularidades de cada estirpe: peculiaridades afectivas, necesidades y caracteres, terminamos siendo uno del otro prisionero, amigo, confidente, si no esclavo. No puedo explicar cómo esos vínculos emocionales pueden ser tan intensos, al punto de que ver a Peter a los ojos era como ver a mi otro yo en el espejo. Quisiera encontrar la mejor manera de explicar ese profundo sentir, pero creo que ese exclusivo sentimiento es inexplicable. Y acongojado por esa experiencia, que no pudo ser reforzada ni con una pizca de entereza o tenacidad, no alcancé a realzar mi alma para encontrar consuelo a tanta pena y llanto. Tampoco me fue permitido gestionar con discreción el duelo. Seguramente, esas expresiones de dolor son la forma con la que atravesamos por la garganta nuestros mismos dolores, esperando, en algún momento, tal vez con una lenta aceptación, el inevitable arribo de una resolución final y propia.
Mi existencia era apenas conocida por los escasos lugareños, alejados y ajados tanto como yo. Sin embargo, ayer me visitó don Atenor, el anciano de la Cañada, que habría de tener noticias de mi historia por aproximaciones de corrillo. Silencioso y parco como siempre, no quiso siquiera aceptarme un mate. Me palmeó los hombros con la mano derecha mientras me cedía con la otra una canasta. En cuanto la abrí y puse la mano adentro, una suave y tibia humedad, seguida de un leve gemido, lamió mis dedos. “Esto es para usted”, me dijo, “nunca esté solo”.
Anita Campero, Eugenia Maria Campero y 130 personas más
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